Apocalipsis 1:8
Yo soy el Alfa y la Omega
Yo soy el Alpha y la Omega, principio y fin, dice el Señor, que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.
¿Qué significa Apocalipsis 1:8?
En Apocalipsis 1:8 Dios se nombra a sí mismo el Alfa y la Omega, la primera y la última letra del alfabeto griego. Él es el principio y el fin de todas las cosas, presente en tu pasado, tu presente y tu futuro. Sea lo que sea que enfrentes, nada queda fuera de su cuidado, porque él es el Todopoderoso.
Juan está en la isla de Patmos, desterrado y solo, cuando esta voz irrumpe. Antes de cualquier visión, antes de las bestias extrañas y el trono y la nueva Jerusalén, Dios pronuncia una sola frase acerca de sí mismo: “Yo soy el Alpha y la Omega, principio y fin, dice el Señor, que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.”
Alfa y Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego, algo así como decir la A y la Z en español. Todas las demás letras quedan entre ellas. Esa es la imagen. No hubo nada antes de Dios y no hay nada después de él, y todo lo que existe encuentra su lugar en algún punto intermedio. Mucho antes de Juan, Isaías oyó a Dios decir lo mismo con palabras más sencillas: “Yo el primero, y yo el postrero, y fuera de mí no hay Dios.” Él no es un ser entre muchos. Es Aquel en quien todos los demás se sostienen.
Lo que hace que esto pase de ser una idea grandiosa a ser un consuelo es lo que viene después: “que es y que era y que ha de venir”. Dios no está atrapado en el presente como nosotros. Ya está en tu pasado, y puede sanar las partes de él que preferirías olvidar. Está en tu presente, despierto cuando tú no puedes dormir, cerca en lo más común de la mitad del día. Y ya está en tu futuro, en ese minuto que más te inquieta y en los años que no alcanzas a ver.
Por eso Juan podía escribir estas palabras desde una isla que era una cárcel y decirlas de verdad. El imperio que lo había desterrado parecía enorme. Dios parecía más grande. Lo mismo vale dondequiera que estés leyendo esto. Tus preocupaciones son reales, pero no son la primera ni la última palabra sobre tu vida.
Así que, si hoy todo te resulta demasiado, deja que este versículo sea tu suelo firme. El principio y el fin le pertenecen a Dios, y tú le perteneces a él, el Todopoderoso.
Profundiza en Apocalipsis 1:8
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Una carta, no un código por descifrar
Me da firmeza recordar qué es el Apocalipsis en realidad. Es una carta, escrita a siete congregaciones reales en la provincia romana de Asia, en lo que hoy es el occidente de Turquía (Apocalipsis 1:4). Aquellas iglesias eran pequeñas y vivían bajo presión, sin saber si su fe estaba a punto de costarles todo. Juan se llama a sí mismo hermano de ellas y compañero en la tribulación (Apocalipsis 1:9), y escribe desde Patmos, una isla rocosa del Egeo adonde lo habían enviado por causa de la palabra de Dios. Con qué facilidad tratamos el Apocalipsis como un acertijo de bestias y desastres que espera ser descifrado. Pero quienes lo oyeron leer en voz alta por primera vez eran creyentes comunes que intentaban no perder el ánimo bajo un imperio al que no le importaban. Antes de que se despliegue una sola visión, antes de que se abra ningún sello, Dios interrumpe con una frase sencilla acerca de quién es él. Ese orden me parece pastoral, callado pero deliberado. La gente asustada no necesita primero un mapa del futuro. Necesita saber quién lo sostiene. Eso es lo que el versículo 8 les entrega, y nos entrega.
Dios echa mano del alfabeto, nada menos
A lo que no dejo de darle vueltas es a lo extraña que resulta esta forma de describirse. Dios no dice que es el más fuerte ni que lo ve todo. Echa mano de dos letras, las mismas que el lector está usando en ese momento para recibir sus palabras. Cada frase que Juan escribe, cada miedo que aquellas iglesias lograban poner en palabras, está hecho de letras que empiezan por una y terminan en la otra. Así que Dios es el límite dentro del cual cabe todo lo que decimos: nuestras oraciones, nuestras discusiones, hasta nuestras quejas. Hay aquí, además, una frase pequeña y cuidada, “que es y que era y que ha de venir”. Fíjate en el centro de ella. Lo natural sería decir es, era, será. Juan escribe es, era, ha de venir, como si el futuro de Dios no fuera un quizá lejano sino una llegada ya decidida y en camino hacia nosotros. Es la misma manera de decirlo que aparece antes, en el versículo 4, así que sin duda quiso que se grabara en la memoria.
El título que oyó Isaías, y el título que reclama Jesús
Esto no es un lema recién acuñado para una iglesia angustiada. Siglos antes Isaías oyó a Dios nombrarse a sí mismo el primero y el postrero (Isaías 44:6), y se lo dijo a un pueblo aterrado de que su Dios hubiera sido superado por los dioses de Babilonia. Juan coloca a propósito Apocalipsis 1:8 sobre aquella palabra más antigua. Lo que no puedo pasar por alto es hasta dónde llega ese título al final del libro. En Isaías y aquí, en el capítulo 1, es el Señor Dios, el Todopoderoso, quien es el primero y el último. Luego, en Apocalipsis 22:13, Jesús resucitado dice: “Yo soy Alpha y Omega”, y toma el título entero sobre sus propios labios. El nombre que Dios reserva solo para sí se vuelve el nombre que Cristo posee. Pon eso junto a Hebreos 13:8, sobre Cristo que no cambia a lo largo de todos los tiempos, y Colosenses 1:17, sobre que en él todas las cosas subsisten, y el consuelo cobra un filo nuevo. Aquel que pone límite a toda la historia es Aquel que fue crucificado y está vivo.
Lo que esto hace a las tres de la madrugada
Voy a ser sincero sobre dónde aterriza esto para mí. Rara vez es en los momentos grandiosos. Es cuando estoy despierto a las tres de la madrugada dándole vueltas a la misma preocupación una y otra vez, o cuando una vieja caída sale a flote sin invitación en mitad de un martes cualquiera. La línea que me sostiene es la modesta frase del medio, “que es”. No solo el Dios del principio, Aquel que puso las cosas en marcha hace mucho. No solo el Dios de algún final ordenado que no logro imaginar. El Dios que es, en tiempo presente, en el ahora que no duerme. Me he sentado con personas en pasillos de hospital donde el futuro era de verdad aterrador, y lo que ayudaba casi nunca era una promesa sobre lo que venía después. Era la sensación de que no estaban solos en el pasillo. “El Todopoderoso” al cierre del versículo no es Dios alardeando de su fuerza. Es la certeza de que nada en tu pasado, tu presente o tu futuro es demasiado fuerte para las manos que ya lo sostienen. Tu preocupación es real. Simplemente no es soberana.
Preguntas para meditar
- De mi pasado, mi presente y mi futuro, ¿en cuál me cuesta más creer que Dios ya está, y por qué precisamente ese?
- El versículo lo nombra “el Todopoderoso”. ¿Dónde estoy viviendo en silencio como si alguna otra cosa tuviera la última palabra sobre mi vida?
- Si Dios mismo es el principio y el fin, ¿qué cambia eso respecto a la única preocupación que llevo conmigo hoy?
- Jesús toma este mismo título en Apocalipsis 22:13. ¿Qué le hace a mi miedo saber que el Primero y el Último es también Aquel que fue crucificado por mí?
Si quieres seguir un poco más, puedes detenerte en más de este libro o buscar un versículo justo para lo que sientes hoy.
Versículos que hablan de esto
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Así dice Jehová, Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo el primero, y yo el postrero, y fuera de mí no hay Dios.
Isaías 44:6
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Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.
Hebreos 13:8
-
Yo soy Alpha y Omega, principio y fin, el primero y el postrero.
Apocalipsis 22:13 → -
Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten:
Colosenses 1:17
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