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1 Pedro 2:2

Desea la pura leche espiritual

Por The 316 Quotes Team

Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud:

1 Pedro 2:2 Reina-Valera 1909

¿Qué significa 1 Pedro 2:2?

1 Pedro 2:2 pinta al nuevo creyente como un recién nacido que por instinto ansía la leche. Esa pura leche espiritual es la palabra de Dios, y Pedro dice que la deseemos igual, porque así crecemos. Crecer sano en la fe no es complicado: viene de alimentarnos de lo que Dios ha dicho.

Quien haya sostenido a un recién nacido hambriento conoce la imagen que Pedro tiene en mente. A un bebé no hay que enseñarle a querer la leche. El hambre viene puesta dentro, urgente y sin complicaciones, y nada más logra calmarla. Esa es la imagen a la que Pedro recurre cuando escribe: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud”.

Le escribe a cristianos comunes, dispersos por un mundo hostil, muchos de ellos nuevos en la fe y sin saber cómo crecer. Su respuesta es maravillosamente sencilla. Creces como crece un bebé, siendo alimentado, y el alimento del que habla es la palabra de Dios. No hay atajo ni truco. La Biblia es la leche que convierte una fe joven en una fe fuerte, y Pedro quiere que la ansiemos con ese mismo apetito de niño.

Ese “desead” es el corazón de todo. No dice estudia la leche, ni analízala, ni te sientas culpable por la leche. Dice deséala, anhélala, ven a ella con hambre. Muchos tratamos la lectura de la Biblia como un deber que hay que tachar de la lista, y luego nos preguntamos por qué notamos la fe tan endeble. Pedro le da la vuelta con ternura. Lo importante no es la disciplina sombría, sino el hambre genuina, esa que se estira hacia la palabra de Dios porque sabe que allí está la vida.

Y fíjate en el porqué: “para que por ella crezcáis en salud”. Este versículo no es para expertos espirituales. Es para principiantes, y nunca deja de ser verdad. Ninguno de nosotros supera la necesidad de ser alimentado. El creyente más fuerte, más amable y más maduro que conoces llegó hasta ahí comida sencilla tras comida sencilla, y hoy todavía sigue alimentándose.

Así que no te desanimes si sientes tu fe pequeña o tu apetito débil. Un recién nacido no empieza fuerte; empieza con hambre, y la fuerza viene después de comer. Acércate así a la palabra de Dios. Ábrela esperando ser nutrido, recibe aunque sea un poco, y confía en que Aquel que puso allí el hambre la usará para hacerte crecer.

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Una carta para gente que había perdido su lugar

La reflexión breve se apoya en la imagen del recién nacido, y con razón. A mí, sin embargo, me ayuda recordar quiénes la leyeron primero. La carta se envía a creyentes dispersos por Asia Menor, en lo que hoy es Turquía, gente a la que el autor trata como forasteros y extranjeros residentes dondequiera que vivan (véase 1 Pedro 2:11). Ese es el mundo que hay detrás de esta sola línea sobre la leche. No eran cristianos cómodamente asentados en su fe. Muchos eran conversos recientes, expuestos socialmente, a veces señalados solo por el nombre que ahora llevaban. La carta se presenta como obra del apóstol Pedro, y por una larga tradición es él quien la escribió: un hombre que sostiene a personas que se sentían fuera de lugar en todas partes.

Eso cambia cómo escucho aquello de “para que por ella crezcáis en salud”. Aquí el crecimiento no es un pasatiempo para los entusiastas de lo espiritual. Es más bien un lenguaje de supervivencia para gente bajo presión. Cuando te sientes un extraño en tu propia ciudad, la pregunta de qué te alimenta de verdad deja de ser teórica. Pedro les dice a creyentes asustados y desplazados que lo que de veras los hará crecer es lo mismo, humilde, que un bebé busca. No el estatus, no la seguridad, sino la palabra de Dios, tomada cada día.

La palabra que Pedro eligió en realidad para "leche"

Hay un eco silencioso en el griego que el español apenas logra transmitir. La expresión traducida como “leche espiritual” usa una palabra construida sobre logos, el término corriente para “palabra”. Por eso algunos lectores conectan esta leche tan de cerca con la Escritura y no con el mero sentimiento. Y no es casualidad que, unas líneas antes, Pedro haya hablado de haber renacido por la palabra de Dios que vive y permanece (el sentido de 1 Pedro 1:23). La leche que alimenta al recién nacido y la simiente del nuevo nacimiento son, para él, casi el mismo alimento. No ha tomado una metáfora al azar para soltarla por ahí.

La expresión “sin engaño” también merece que nos detengamos. El original lleva la idea de algo sin adulterar, sin nada mezclado y sin doblez. Eso encaja con una carta tan preocupada por la verdad frente a la calumnia. La instrucción es ansiar lo no mezclado: no la palabra de Dios aguada para que sea más fácil de tragar, sino el artículo genuino. Y “desead” no es una palabra tibia. Es el verbo del apetito real, ese tirón que sentirías por el agua cuando tienes sed. Pedro no pide un interés cortés. Está describiendo hambre.

Lo que viene justo antes, y justo después

Es fácil sacar este versículo de su sitio y perder el punto donde se enlaza con lo anterior. La frase empieza de veras en el versículo uno, donde Pedro les dice a sus lectores que dejen toda malicia y engaño, hipocresía, envidia y maledicencia de todo tipo. Solo entonces llega aquello de desear la pura leche espiritual. El vaciar y el anhelar van juntos; son un mismo movimiento, no dos. No puedo ansiar lo puro mientras sigo alimentándome de amargura y chismes. Hay una especie de pérdida espiritual del apetito que nace de una dieta constante de resentimiento, y Pedro parece saberlo.

Justo después de la leche viene un giro que me resulta tierno. En el versículo tres Pedro añade que esto es así si en verdad han gustado que el Señor es benigno, un guiño inconfundible al Salmo 34:8 y a su llamado a gustar y ver. Así que el hambre que describe no es en realidad fuerza de voluntad. Es memoria. Un bebé vuelve una y otra vez a la leche porque ya la ha probado, y el sabor fue bueno. Anhelas más porque algo en ti ya se encontró con la bondad de Dios y, en silencio, la quiere de nuevo.

De la leche a la Piedra viva

Esta pequeña imagen del alimentarse se sitúa dentro de uno de los pasajes más ricos de la carta. En pocos versículos Pedro pasa de bebés que beben leche a creyentes edificados como piedras vivas en una casa espiritual, con Cristo como la piedra que desecharon los edificadores y que llegó a ser la principal del ángulo (1 Pedro 2:4 a 7). Me encanta que no trate las dos imágenes como rivales. Empiezas como un niño hambriento y terminas siendo parte del propio templo de Dios. La misma palabra que alimenta al recién nacido es el fundamento sobre el que se levanta toda la casa.

Aquí también es donde el pasaje se acerca a Cristo mismo. Las referencias cruzadas de este versículo apuntan en una sola dirección: que Dios alimenta a su pueblo con lo que dice. Jesús respondió al tentador insistiendo en que la vida viene de algo más que el pan: “No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios”. Hebreos reprende a lectores que aún necesitaban leche cuando ya debían estar listos para el manjar sólido (Hebreos 5:12 a 14). Jeremías halló las palabras de Dios y las comió, y le fueron por gozo y por alegría de su corazón (Jeremías 15:16). El hilo que recorre todo esto es el alimento, y al final del hilo está la Palabra hecha carne.

Cómo se ve esto un martes gris cualquiera

Voy a ser honesto sobre dónde aterriza esto para mí. No siempre llego a la Biblia con hambre. Hay temporadas en que la siento como un refrigerador que abro por costumbre y vuelvo a cerrar, sin encontrar nada que me apetezca. Pedro no avergüenza eso. Simplemente me dice que desee la leche, y he aprendido que el anhelo suele venir después de comer más que antes. En las mañanas en que menos ganas tengo de abrirla y aun así lo hago, el apetito normalmente aparece a mitad de la página.

Lo que me ayuda es bajar el listón y mantener el ritmo. Un bebé no lee un capítulo; toma unos cuantos sorbos y crece con ellos. Así que leo un poco, despacio, y pido solo que una cosa verdadera me toque. También he notado que el versículo uno es la parte que me salto y la que más necesito. Cuando se me ha ido el apetito, suele ser porque he estado masticando en silencio algún agravio o alguna comparación. Vaciar eso, aunque sea solo reconocerlo en oración, tiende a devolverme el hambre. Resulta que crecer de veras es poco dramático. Es una comida sencilla, y luego la siguiente.

Preguntas para quedarse un rato
  • Cuando me imagino acercándome a la Biblia, ¿se parece más a un bebé hambriento que busca la leche, o a una tarea que tacho de la lista, y qué ha formado eso en mí?
  • Pedro une el dejar la malicia y el chisme (versículo 1) con el anhelar la palabra (versículo 2). ¿Hay algo de lo que me alimento que haya embotado mi apetito por Dios?
  • ¿He gustado que el Señor es benigno (versículo 3), y puedo recordar un momento concreto en que su palabra de veras me alimentó?
  • ¿Cómo sería la comida fiel más pequeña para mí esta semana, los pocos sorbos que de verdad podría sostener?

Si te viene bien un sorbo diario que te afiance, el versículo del día es un lugar sencillo para empezar, y puedes seguir leyendo esta carta en 1 Pedro.

Versículos que hablan de esto

  • Porque debiendo ser ya maestros á causa del tiempo, tenéis necesidad de volver á ser enseñados cuáles sean los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado á ser tales que tengáis necesidad de leche, y no de manjar sólido. Que cualquiera que participa de la leche, es inhábil para la palabra de la justicia, porque es niño; Mas la vianda firme es para los perfectos, para los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

    Hebreos 5:12-14

  • ¡Cuán dulces son á mi paladar tus palabras! más que la miel á mi boca.

    Salmo 119:103

  • Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios.

    Mateo 4:4 →
  • Halláronse tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fué por gozo y por alegría de mi corazón: porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.

    Jeremías 15:16

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